LAS FIESTAS DEL STMO. CRISTO DEL CALOCO A FINALES DEL SIGLO XIX

DESCRIPCIÓN DE CÓMO SE CELEBRABAN LAS FIESTAS DEL STMO. CRISTO DEL CALOCO A FINALES DEL SIGLO XIX Por Servando Hurtado

Aunque este escrito da a entender que se usa la Corredera como plaza taurina, en la documentación recogida y registrada en el año 2000 por Mario Esteban Fuentes dice que en el 1889 se pavimentó la Plz. de la Corredera, se plantaron arboles castaños de indias y tilos en doble fila, se colocaron bancos de piedra y en el centro de la plaza se colocó una gran farola de hierro con pedestal de piedra que tenía 3 brazos y 4 luces (situada en la actualidad en la fuente de la plz. del Altozano, y que se derribaron las tapias existentes. 

También que en ese mismo año el Ayuntamiento arrendó la plaza de toros del Cabezuelo de Cipriano Geromini para los festejos de San Roque y el Cristo del Caloco. 

Mi criterio es que el escrito es anterior a la fecha en que se data, de ahí que en el contenido se dé a entender que los actos taurinos son en la Corredera.

Aquí el escrito: 

De cómo se celebraban las fiestas del Cristo del Caloco por el año 1895

Ya las alegres campanas en El Espinar repican; ya sale el Ayuntamiento de la casa de la villa y a la iglesia se dirige la concejil comitiva. Rompen la marcha la gaita y el tamboril que escandalizan alternando con las piezas de una charanga escogida. Siguen después el alcalde y el clero y el juez en fila, el jefe de armas y los regidores de justicia y detrás cerrando el cuadro, turba de chicos y chicas, cofrades y espinariegos de todas las jerarquías.

Al cruzar el ancho patio de la iglesia en que se apiña la multitud, los que esperan se descubren y abren filas; y entra en el templo el Concejo quedando en la puerta misma gaita, tamboril, charanga y guardias de infantería, haciendo honor a la entrada y guardando la salida. Está de fiesta la iglesia, sin luto, más bien vestida. Hay en el altar mayor cubriendo la gradería, grandes y antiguos floreros, muchas velas encendidas y rojo dosel que sirve de trono a la benditísima imagen que del Santo Cristo del Caloco apellidan. En la ancha nave del templo, sobre la losa granítica los altares a los muertos manos piadosas fabrican con hules o paños negros, papeles blancos encima, dos candelabros metálicos de plata bruñida imitan al reflejo de los rayos de las velas encendidas y sobre el papel la ofrenda de perras grandes y chicas destinadas a responsos por las ánimas benditas.

 
Al llegar la autoridad la procesión se organiza. Va delante el estandarte de la Santa Cofradía; tres pendones siguen luego, que buen brazo necesitan, verde el uno y encarnados los otros dos, y enseguida dos mangas con sus ciriales cerrando todo en las filas de los cofrades que ostenten sobre el pecho las insignias de la Esclavitud, medallas con cruz pendientes de cintas encarnadas las modernas y de mezcla las antiguas.

Después el Cristo en las andas que brazos robustos guían, y el clero y la presidencia y el palio y gente muchísima. Es el Cristo del Caloco alma y centro de la villa donde hace siglos que fue la imagen aparecida, según tradición piadosa, y se fabricó la ermita en el lugar designado por la voluntad divina.

No es de talla natural, acaso no es obra artística, más hay algo en todo él, que gran devoción inspira. Pendiente de la cruz, la santa y hermosa cabeza inclina. Tiene el rostro medio oculto por melena abundantísima ceñida sobre la frente por la corona de espinas, y su desnudez cubierta por sudario o enagüillas con ricos bordados de oro y flecos de labor finas. Gran entusiasmo despierta en todo el pueblo su visita y en la procesión del Cristo carrera triunfal continúa. Todo el que sufre le invoca, le ofrece el que necesita, le llama el que tiene mucho y le quiere el que es víctima de los azares del mundo y miserias de la vida. El uno pide que pare frente a su casa y familia, el otro que mire al norte, o que mire al mediodía, para que a los seres queridos

que hacia allí tiene, bendiga, hay quien pone sobre las andas criaturas enfermizas o porque toquen la imagen ofrece cera por libras; y al volver la procesión todos quieren a porfía entrar al Cristo y comienza el pugileo y la rifa. Se subastan los pendones y el estandarte y la misma manga, no de la parroquia, sino de la cofradía, y los brazos de las andas, que son los que más codician la piedad de los cofrades, la devoción de las chicas y que valen todo aquello que el entusiasmo les dicta.

Dentro ya la procesión de la iglesia, el primer día suben al Cristo al altar y de principio la misa solemne con sermón y algo de capilla. Al ofertorio desciende el sacerdote que oficia; se adelanta el alcalde y el juez, ambos se arrodillan delante del sacerdote que reza oración brevísima y les bendice; los dos sus ofrendas depositan, se levantan, frente a frente respetuosos mueven los bastones con inclinación hacia arriba y vuelven a los sitiales que sus cargos les destinan dando con la ceremonia al pueblo muestra expresiva de la unión que existir debe del pueblo para su dicha, entre el poder de la tierra y la autoridad divina y que esta concordia al pie del altar se ratifica.

Después de la iglesia el baile y los toros por tres días, y el tamboril y la gaita, y las idas y venidas de la música en las calles buscando a los de justicia y al clero para ir a las corridas. Son estas de reses bravas que con gran arrojo lidian mozos del pueblo que forman muy aceptables cuadrillas y que regala algún vecino que tiene ganaderías. Terminada la capea y hecha en la plaza requisa, sale el toro que a su muerte cada tarde se destina, y se lucen los muchachos en suerte de banderillas y, preparando la res conforme a reglas taurinas, llega el momento supremo de matar, y se aproxima al bicho con largo palo, muy semejante a una pica en cuya punta ajustada lleva una fina cuchilla, se la clavan donde pueden; el toro brama, se agita, nuevo golpe si el primero aún le ha dejado con vida, y así sucesivamente hasta darle la puntilla. Aún sin retirar el toro la juventud se da cita, comienza el baile y se enciende el gran teo que ilumina con resplandores fantásticos del baile las alegrías; y luego al Ayuntamiento y vuelta a la plaza misma donde comienza el jolgorio hasta que el cansancio rinda.

En Pasando el novenario, el Cristo vuelve a su ermita seguido del pueblo fiel que ante sus plantas se humilla. Todo es jubilo y contento y entusiasmo en este día. Se repiten las ofrendas, las subastas y las rifas y se come en la pradera y allí se baila y se guisa y hay voladores y el vino forma corriente continua reforzando desalientos, animando a las familias y alegrando a los muchachos, sin que expansiones tan intimas alteren el orden ni haya durante la romería ni en el curso de las fiestas pendencias, palos ni heridas, como cumple a un pueblo culto que se divierte y estima.

Sólo una vez, sólo un grito en los espacios domina que va extendiéndose por el término de la villa; que repercute en los montes, en los valles y en las simas, desde el cerro de la Cruz al León de ambas Castillas: ¡viva el Cristo del Caloco! exclama el pueblo en la ermita y el eco va repitiendo ¡viva el Cristo! ¡viva!

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EL ESPINAR DE 1898, EN DOS MINUTOS por Sinesio Delgado