LEYENDA DEL PEÑON Y LA CRUZ DE PEDRO ALAMO año 1617

Compartimos con todos vosotros la Leyenda del Peñón y la Cruz de Pedro Álamo, en memoria de la leyenda de un espinariego que en diciembre de 1617 fue sorprendido por una tormenta de rayos y nieve en este paraje. Invocando al Cristo del Caloco, un intenso resplandor iluminó la oscuridad de la noche y Pedro Álamo, que así se llamaba el espinariego, pudo llegar sano y salvo al pueblo. En agradecimiento, prometió levantar sobre el peñón en el que se había refugiado una cruz de piedra, que no subsiste, reemplazada por otra metálica. En el peñón puede leerse la siguiente inscripción: "ESTA † PUSO PEDRO DEL ÁLAMO. AÑO 1617".


Por Félix Segovia Rincón

Extraído del programa de fiestas de 1968

El Peñón
En Santa Quiteria, campo raso,
agradable y placentero por
su limpieza y verdor, Mirador
del veraneo, nace un camino
serrano que al "Boquerón" lleva presto.
Carril de mala andadura, pedregoso,
bacheado, retorcido como los
viejos sarmientos.
Siguiendo en línea recta
nos llevará a una explanada
al final del "Prao Coteo",
donde el carril se bifurca
en dos, el uno, va al "Boquerón",
el otro, a "Majad el Brezo".
Se tomará el de la izquierda
iniciando la escalada, se caminará
por unas sendas, unas veces
arenosas, otras de verdor limpio
y mullido, como si fuere una
alfombra, tejida de blando lino.
Al angostarse el camino por
culpa de un arenal que el tiempo
convirtió en foso, caminar se
hace difícil, peligroso.
Continúa la senda en zigzagueas
reptante, repentino entre
plantas rastreras y raíces que
la cruzan como reptiles dormidos.
Pasa por Peña Morena, deja
a un lado una mancha de pinar
joven, muy tupido, de perfecta
simetría su contorno, que más
parece un remiendo en la falda
de la sierra tapando algún
descosido, como aquellos que
ponían las abuelas en sus sayas
o al pantalón del marido.
La senda sigue ascendiendo en
tramos más alargados, con menos
cuesta, de andadura más ligeros,
buscando la fresca sombra de
los Pinos, ornada de verde helecho,
aromada por la Jara y el Cantueso.
De una Fuente cantarina, la del
Brezo", de aguas limpias, transparentes,
con frescor de Ventisquero, nos
llega un rumor alado, la sinfonía
del agua que el chorro está componiendo
al caer serenamente sobre su mismo
caudal, al que le arranca las
notas como a mágico instrumento.
El lugar es maravilla, pone el
ánimo en suspenso por su natural
belleza, placentero y agradable
panorama el que puede contemplarse,
al que le guste la altura y la
Montaña, siente un placer inefable.
Cruzado el llamado Camino del Ingeniero,
el sendero se hace trocha cabreril,
atraviesa "Maja el Brezo", como los
nativos dicen, a este pradal, cubierto
de un verde eterno, fino y sedoso,
delicia para el ganado que allí
sestea durante el tiempo caluroso.
Ya en la cumbre, dando vista a la
tierra del Peguero. ¡Cuánta naturaleza
se domina! ¡Qué cerca se encuentra el Cielo!
Muy cerca de este lugar hay un enorme
Peñón de matojos y líquenes recubierto,
su configuración lo forman varios
cantos superpuestos en hacinado
montón, sin orden y sin concierto.
En uno de los cantos, el más cimero,
tiene una profunda erosión producida,
no por el tiempo, sino por la ruda
mano de un creyente espinariego.
Encajada en la erosión ha tiempo
colocada hubo una Cruz de granito
de tamaño natural desafiándole
al viento que produce el Gran Satán.
Hoy, esa Cruz ya no existe, lo que
el tiempo respetó, la mano aleve
del hombre un día la destruyó.
Lo que al destruir no pudo, y el tiempo
lo respetó, es la inscripción
escrita a golpe de dura mano,
que dice: ESTA T PUSO PEDRO
DEL ÁLAMO. Año 1617. Sin más
datos ni mención a la causa
o al motivo por lo que se construyó.

El hombre
En una antigua Leyenda, que yo la
escuché de chico de labios de
algunos viejos, se decía de un
memorable suceso acaecido en un
Decembrino día, a un Villano espinariego.
El Cielo amaneció limpio de
celajes, sin asomo ni barruntos ·
de un posible e inminente temporal.
Por ello, confiado en tan favorable
augurio, decidió pasar en casa de sus
mayores, las fiestas de Navidad.
Recogiendo a los ganados que por
el campo pacían, les encerró en
los tinados y corrales
que a tal efecto tenía.
Preparó los bártulos necesarios,
los de siempre, e imprescindibles,
como el sobado zurrón de piel
de cabra, despensa de la andadura;
tasajo, un queso duro, media hogaza,
todo revuelto con alguna sucia muda.
Era un fornido mocetón de anchas
espaldas, tez morena, estatura
regular, un más bien baja, como en
general los serranos suelen ser,
sin que su corta estatura,
merme su vital pujanza.
Vestía la indumentaria propia de
los que guardan ganado en la agreste
serranía. Zahones de piel de oveja,
Zamarra de piel sobada de Cabra
con el peluche hacia dentro y
un tanto bien ajustada. Montera,
un cabrito retozón su tierna piel
le prestó, un día de ventiscada,
para que con ello hiciere lo que
más le acomodara, y fabricóse un
Casquete muy "polido" con hermosas
orejeras, que al bajarlas por
el frío cubrían la sota-barba.
Calzaba ligera abarca de cuero, 
de las de pata de vaca, que dicen
ser las mejores, porque no recrían
''baba". Los pellicos, tapadores de
la pantorra a la planta, iban
sujetos por finas tiras de cuero
de becerro ensebadas, para hacerlas
más flexibles y consolidar la atada.
Caminaba con soltura por la extensa
pinarada, gozando la dicha no
disfrutaba de pasar con familiares
y amigos, las fiestas de· Pascua en casa.
Desde que saliera al Alba desde el
Hoyo de Guija, Aldehuela sometida al
término espinariego, caminaba y caminaba.
Cruzaba Valles profundos, subía las
escarpadas cuestas; vedeaba los
bulliciosos regatos .de limpias y·
claras aguas, donde el Sol se
reflejaba arrancándole destellos
como si fuera de plata.
Atravesaba los páramos inclementes,
cuando la dura invernada vestía de
blanco Armiño el verdor de las
Majadas, y los arbustos tenían el
ropaje que en la noche lucen
los viejos fantasmas.
Caminaba y caminaba, sonriente,
satisfecho, porque el tiempo
le ayudaba, no hay asomo ni
sospecha, se decía, de que
cambie en la jornada.
La rueda de la Fortuna que
aún se halla parada, jugóle
una amarga treta, acíbar puso
en su vida cuando más dulce la hallaba.
Quiso su aciago destino que al
horizonte asomaran unos pardos
nubarrones presagiando huracanada.
Pero seguía tranquilo, sosegado sin
darle gran importancia a lo que
después sería, la causa de su desgracia.
A la calma hasta entonces disfrutada
sucedióle un fuerte viento del Norte,
El Cierzo, como los nativos llaman.
Con la rapidez del Rayo la Tormenta
se extendía, trae preparadas las
armas en su ejército de Nubes que
rastrean la Montaña en busca de
un invisible enemigo, que escapa
a su envolvente maniobra, terminando
Prisionera del furioso vendaval que se levanta.
Y ocurrió lo insospechado,
al rayar de la mañana,
amaneció día claro, y por
la tarde, dio comienzo la nevada.
Caminaba y caminaba, pero su
corta andadura, su zancada,
indicaba claramente que entre
el cansancio y la duda, algo le
están preparando, pues empieza
ha sospechar del camino, si es, el
que debiera llevar, o está siguiendo
otro falso. Tan bronco se puso el tiempo, en cosa
de breves horas, y tan fiero el
vendaval, que los arbustos crujían
de dolor, pidiéndole al Dios Pan,
cesaran aquellos vaivenes locos,
pues temían que su talle se les
viniera a tronchar.
Las criaturas salvajes, las que
viven en la Selva rumiadoras de
silencios y albedríos en la vasta ·
soledad, asustadas, temerosas, huyen
raudas en busca de sus camadas, en
espera de que cese la furiosa tempestad.
Los ganados en el campo sorprendidos,
recelosos, a sus crías recogían con
bramidos lastimeros, refugiándose, al
amparo de las matas espinosas, de
tupidos laberintos; en las densas
pimpolladas; en los grandes matorrales
del intrincado robledal.
En el Pueblo, la gente consternada
se preguntan unos a otros, por sus
deudos, si han llegado los ausentes,
si hay noticia alguna de ellos por
la que en deducir venga a saber,
salvos de todo accidente

El Cristo
Hacía mucho tiempo que las últimas
claridades tenues de la tarde se
habían perdido ya, entre las sombras
de la negra noche, en la que cogido
está, como en trampa de raposo, la
vida y la voluntad de aquél nuestro
viejo amigo, el que al alba se dispuso
a caminar en dirección a su pueblo,
la Villa del Espinar.
La soledad que le envuelve en la
gasa fantasmal del silencio de
la noche, no le deja caminar, le
tiene como atrapado el poder de
una fuerza invisible que no le
permite andar.
El silencio se hace más cínico más
contumaz, su eterno callar es infinito,
no se siente ni un álito de vida
en la profunda y vasta soledad.
Sus fuerzas comiénzale a flaquear,
su voluntad antes fuerte y animosa
empieza a debilitarse, porque en su
mente está tomando conciencia,
Mejor dicho, presintiendo su fina!,
Se encuentra tan abatido, tan
suspenso el ánimo. El vendaval ha
barrido de su mente los recuerdos
más queridos. En su lugar el mundo
de irreales seres ejercitan su
dominio. En su estado alucinante
los arbustos y las rocas toman
formas fantasmales, que se mueven
y caminan igual que los seres reales.
Buscaba entre las sombras oscuras
de la noche, dueñas omnipotentes
del mundo del silencio y de la
soledad, algún leve resquicio por
donde a su menguada esperanza
Penetrara alguna pequeña claridad.
No muy lejos del lugar en que
se hallaba más que verle, presentido
Por su proximidad, destacaba sin
igual blancura una grande masa
sin perfil concreto perdido
entre las sombras de una terrible oscuridad.
Pretende ganar la base de la masa,
Por si en su contorno encuentra
alguna oquedad, o guarida de alimañas
sirviéndole de refugio hasta el alba,
en que pueda caminar, si la borrasca
le deja, si amaina algo el temporal.
Rebuscando con las ateridas manos,
un hueco viene a encontrar, taponado
por matojos, que, al separarlos, deja
palpar un espacio reducido en el que
entra y se acurruca sobre sí, por
conservar el calor que ya le empieza a falta
Si la andadura fue mala, si el camino
fue fatal, lo que le aguarda en el
cubil en que está, no será menos,
pues lo gálico del viento muy
pronto le alcanzará, atenazando los
miembros, poniéndolos de cristal.
Está luchando sin tregua ni descanso
por dominar el cansancio y el insomnio
que a sus ojos quieren cerrar, pero el
instinto le dice, la razón ya no puede
aconsejar, no te duermas que puede ser tu final.
Desecho, destrozado con la moral del
vencido, aún conservaba en su alma
pura y sencilla, encendida la llama
de la Fe, en apariencia dormida.
¡Hoy despertó! Invocando al Supremo
Hacedor, le sacara de su triste situación.
¡Señor... Señor! ¡Exclamaba!
Atiende mi petición, no me abandones,
compadécete de mi atribulada alma
en su lucha por conservar esta
terrenal vestidura que la envuelve.
¡Santo Cristo del Caloco, hijo del
¡Dios Soberano! Tú que me viste nacer y
crecer en tu protección y amparo,
líbrame de esta agonía de dudas,
temores y sobresaltos, en que se
debate mi alma por encontrar el
camino que la lleve a puerto franco.
Un resplandor imponente, de mil
soles alumbrando, rasgó las densas
tinieblas de la noche, la Montaña
iluminando. Abajo a sus pies el
Valle, y sobre un pequeño altozano
el pueblo con sus casas agrupadas
como ovejas con modorra de rebaño,
destacábase del grupo sobre todas
La Iglesia y su campanario,
A lo lejos, al otro lado del
pueblo, destacaba la silueta
un Cerro mondo y pelado de
fósil, que el tiempo hubiere
Petrificado. En la base de este
coloso del período cuaternario,
sobresalía entre todo, nítido y
claro, una construcción pequeña
en forma de pequeño Santuario.
A la entrada de éste, en lo que
Parecía atrio, una viga que servía
de Dintel al mismo, tenía colgado
de ella, la imagen de un Santo
Cristo de muy regular tamaño.
La figura aparecía como envuelta
en un halo refulgente de tonos
anacarados, que se hacían más
intensos, más blancos a medida que
avanzaban en dirección al Peñón,
con la precisión que da la flecha
en el blanco.
Al quedar rotas, rasgadas las negruras
de la noche, de momento, todo quedó
iluminado, demostrando sus contornos
las figuras de las cosas y las
plantas, que antes tenían ocultado.
iSeñor¡ Santo Cristo de Caloco,
ya estoy a salvo con poco que me
ayudéis, pues conozco este lugar
y el camino que me conduce allá abajo!
De rodillas, postrado en la blanca
alfombra de la nieve que bien pudo
ser para su cuerpo sudario, hizo
promesa solemne de levantar un
Calvario, allí mismo, donde sucedió el Milagro.
Esta leyenda que ha mucho tiempo
escuché y no he contado por creer
carecía de interés, cuéntola ahora,
porque un día, no ha mucho, subí al
Peñón y he leído la inscripción, y
me he venido en pensar, recapacitando
en ella, que aquello que yo escuché
bien pudiera ser verdad, pues existen
dos testigos de muy buena calidad;
el Peñón y el Cristo. Del otro nada
podemos hablar, por ser hombre no
puede testimoniar.


El Espinar, 15 de agosto de 1968.

FOTOS DE LA CRUZ por Santi Calvo






 RUTA PARA LLEGAR A LA CRUZ DE PEDRO ÁLAMO