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LA NUEVA ERMITA DE LA SOLEDAD - 1968 por JUANA ESPINOS ORLANDO

Texto escrito en 1968 por Juana Espinos sobre la Ermita de la Soledad.

Son muchos los atractivos recién estrenados en El Espinar 1968 que podríamos glosar; para nosotros, sin embargo, ha habido una novedad entrañable y añorada desde hace mucho tiempo, que nos ha hecho olvidar, en cierto modo, todas las demás: la restauración de la Ermita de la Soledad o de la Vera Cruz como se llamó en los tiempos de su fundación; «devotísima, de muchas indulgencias y muy pulidamente edificada » como dice en su «Historia de la Villa de El Espinar», su ilustre hijo y cronista don Domingo Rodríguez Arce.


Quisiéramos, para conocimiento de la generación actual y de los muchos forasteros que vienen durante el verano hacer mención, aunque fuera brevemente, de algunas de las numerosas ermitas que la fe y la devoción de las gentes de El Espinar, levantaron en sus tierras, a través de los siglos.
Entre ellas, por ejemplo, la de San Sebastián, la más antigua, con cofradía y culto especiales; la de San Nicasio, abogado contra la rabia; la de Santa Quiteria; la de San Roque, situada «junto a la Fuente de los Leñadores, a la entrada de la Mata de San Blas»; las de Santiago y San Juan, por las eras de Santiago, y de las cuales, la de San Juan, es la actual del Camposanto; la de Santa Ana, en los prados de la Pililla, y algunas más, como las de San Miguel y Santo Domingo, de las cuales hoy se conservan, la de Nuestra Señora de Prados, en la finca de los Marqueses de Castelar, la del Santísimo Cristo del Caloco, que en su fundación, en 1529, rindió culto, exclusivamente, a Santa María del Caloco, y la de la Soledad.

Esta última, la de La Soledad, es la más visitada por el pueblo. Todos los sábados las gentes se acercan a saludar a Nuestra Señora y como en fervorosa y sencilla peregrinación, van poniendo a sus plantas sus esperanzas, sus penas, sus trabajos, sus penas, en suma, lo mejor y más íntimo de sus corazones.

Una feliz colaboración del Excmo. Ayuntamiento de la Villa y las Hermandades del Trabajo, decidieron acometer la acertada e inteligente reconstrucción de la Ermita. La obra, en manos de Santiago Jalvo -artífice de la gran renovación de El Espinar en estos últimos años-, respetando el noble trazo de la antigua fábrica -piedra, madera y hierro, ha conseguido la más adecuada, armoniosa y perfecta realización. Ara de granito en el breve y semicircular presbiterio de rico artesonado en su bóveda y tras aquélla, la imagen de Nuestra Señora de La Soledad, pequeñita y esbelta, se alza sobre plinto de piedra firme; como lo fue Ella misma, en el dolor y en la muerte de su Hijo junto a la Cruz.

Se suprimieron imágenes y accesorios barrocos, impropios del estilo primitivo y, ahora, sólo un Cristo Crucificado, las valiosas tallas de los apóstoles San Pedro, Santiago y San Juan, más una tradicional imagen de la Virgen de la Caridad, ¿no estaría ésta mejor emplazada junto al Resucitado de la recoleta sacristía? dan escolta a Nuestra Señora de La Soledad.

Candelabros de hierro -uno siempre encendido-, cómodos bancos de madera, puertas de hierro y cristal de litúrgicos emblemas completan, con el soleado atrio, el edificio de la reconstruida ermita que, en Cuaresma y Semana Santa asume tradicionales protagonismos y venerandos cultos.


Ya de niños, en brazos de nuestros mayores; después, de la mano de nuestros padres; más tarde, adolescentes, antes de comenzar nuestros juegos y paseos y aún en la juventud, la «pandilla» -hace todavía unos años, elemento social indispensable en la composición de toda colonia veraniega bien organizada- , acudíamos todos los sábados para entonar la Salve a dos voces, chicos y chicas, y el ambiente se inundaba de fe, de alegría de luz... 

Ha pasado el tiempo; faltan muchos, a los que desde aquí dedicamos un recuerdo y una oración, pero otros pletóricos de vida y de ilusiones han venido y seguirán viniendo tras nuestros pasos, de manera que a la Virgen de la Soledad no le falte nunca el homenaje de fe y de amor de este pueblo en esa hora magnífica de la sierra, el crepúsculo rosa y oro de la tarde castellana; mientras de lejos se oyen las esquilas del rebaño que vuelve con su pastor buscando el silencio y la paz del redil dulce y tibio, como el hogar de los espina riegos tras los afanes y los desvelos de la dura y larga jornada estival.
Estamos seguros de que el Santísimo Cristo del Caloco nos sabrá perdonar el que este año nuestra evocación y nuestro filial homenaje se hayan consagrado, especialmente, a su bendita Madre...