Juan de Austria y El Espinar

Brujuleando por la red llegó a nuestro PC un documento que contenía información valiosa para la historia de nuestro municipio, y se trata del momento en el que, tras el fallecimiento de Juan de Austria, se realiza el trasladó de su cuerpo hacia El Escorial, y que tiene como parada la iglesia de San Eutropio de El Espinar, donde se le veló durante unas horas antes de partir.

Este archivo lo encontramos en: http://sgfm.elcorteingles.es/SGFM/dctm/DOCUMENTOS/201011107/00106520964450___DP1.pdf

Creemos que se trata del un extracto del libro "Don Juan de Austria. Un Heroe P - Bartolome Bennassar":  https://es.scribd.com/document/254275437/Don-Juan-de-Austria-Un-Heroe-P-Bartolome-Bennassar#__search-menu_231489

 "Don Juan de Austria. Un Heroe P - Bartolome Bennassar"

¿Quien era Juan de Austria?


Recordamos que Juan de Austria fue hijo ilegítimo del rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, y de Bárbara Blomberg; fue miembro de la familia real española, militar y diplomático durante el reinado de su hermano (por vía paterna) Felipe II.

Falleció a los 33 años un 1 de octubre de 1578, en Namur, Países Bajos españoles, Imperio Español,
por lo que creemos que debió ser por mayo del 1579, entre el 23 y 24, cuando se realizo el traslado y la parada en Villacastín y El Espinar. 

Le sucedió como gobernador Alejandro Farnesio. Los restos de don Juan de Austria fueron llevados a España y reposan en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Su tumba está cubierta por una estatua yacente de singular belleza que representa al finado ataviado con armadura, y como curiosidad hay que apuntar que por no morir en combate, está representado con los guanteletes quitados. La obra fue modelada por el zaragozano Ponzano y esculpida en mármol de Carrara por el escultor italiano Giuseppe Galeotti.
Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

Aquí os dejamos la lectura y si os gusta os dejamos el enlace al libro  https://www.iberlibro.com/buscar-libro/titulo/don-juan-de-austria-un-heroe-para-un-imperio/autor/bartolome-bennassar/

Últimos días de don Juan

Entre los años 1575 y 1578 una ola venenosa de enfermedades contagiosas azotó toda Europa: la peste, desde las penínsulas ibérica e italiana hasta las islas británicas, la misma peste que acabó con la vida larga y fecunda de Tiziano, 1 y que se cebó también con los ejércitos españoles en Flandes; el tabardillo; la disentería. Mala coyuntura para don Juan, físicamente debilitado por trabajos, cabalgadas, privaciones, desvelos y angustias. 

Don Juan había asumido hacía año y medio la gobernación dificilísima de los Países Bajos en pésimas condiciones. La mano implacable del duque de Alba no había resuelto el problema de la región. Muy por el contrario, la rebelión se había extendido. Los resultados militares y políticos positivos conseguidos por don Luis de Requesens, sucesor del duque, habían sido anulados por la quiebra de la Hacienda real y por la reacción de la población contra la «furia española» de Amberes, como se llamó al saqueo brutal de la ciudad por parte de las tropas que, desde hacía varios años, esperaban en vano su paga.

Sin embargo, al principio de 1578, antes de recibir la noticia fatal del asesinato de su secretario, Juan de Escobedo, don Juan pudo creer que se despejaba su horizonte. Gracias a una genialidad del príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, el ejército de los Estados Generales había quedado aniquilado en el campo de batalla de Gembloux, cerca de Namur, el 31 de enero de 1578 y, en el curso de las semanas siguientes, varias ciudades de los Países Bajos meridionales se habían rendido sin combate a las tropas españolas. Don Juan consiguió que Gembloux y las demás ciudades valonas no fueran saqueadas. La opinión pública belga comenzó a comentar favorablemente la actuación del gobernador cuyo campo, establecido en el Hainault, resultaba ejemplar y cuyos agentes pagaban escrupulosamente a los campesinos los géneros y mantenimientos que les pedían. 

Pero a partir de los últimos días de febrero, cambió la decoración, con las nuevas instrucciones recibidas de Felipe II. En vez de aprovechar la situación creada a raíz de la victoria de Gembloux para fortalecer les ventajas conseguidas, dividir a los rebeldes y luego empezar negociaciones nuevas con argumentos más fuertes, o invadir Inglaterra, Felipe II anhelaba un arreglo pacífico inmediato con los Estados, sin darse cuenta de que no podían esperar condiciones de paz aceptables de Guillermo de Orange, según admitió el mismo enviado de Isabel de Inglaterra, sir Francis Walsingham. Cuando el rey de España se enteró del desastre portugués en Alcazarquivir y de la muerte de don Sebastián, el joven rey de Portugal (4 de agosto), escogió aún más el camino de la «imposible paz».  

Por si fuera poco, la noticia de la muerte de Juan de Escobedo y de sus circunstancias desesperó a don Juan: entendió perfectamente, aunque demasiado tarde, que el rey, su hermano, había sido engañado por las artimañas de Antonio Pérez y que por eso él había perdido a un criado adicto y leal, casi a un verdadero amigo. Una vez más se desvela la ironía cruenta de la Historia. Pues fue el mismo don Juan quien insistió para conseguir que Antonio Pérez sustituyera a Gabriel de Zayas al lado del rey en el negocio de Flandes. No sospechaba, en absoluto, la falsedad y la traición de Pérez. 

Desanimado, con la moral muy baja, don Juan aguantó mal que bien un primer ataque de fiebre al empezar el verano y se recuperó algo en la segunda quincena de agosto. Pero el 17 de septiembre, cuando la fiebre se apoderó de nuevo de su cuerpo, abandonó la ciudad de Namur y se trasladó fuera de la ciudad al campamento del regimiento de Lope de Figueroa, el maestre de campo al que había enviado a la corte para hacer a Felipe II la relación de la jornada de Lepanto. Esperaba que los aires del campo le resultaran más saludables y propicios. Pero no fue así.

Don Juan tuvo por último alojamiento un viejo palomar, al que se había hecho una limpieza de emergencia, adornado con tapices flamencos y tapado por cortinas. Allí se prolongó su agonía durante dos semanas. Perdía progresivamente las fuerzas, debilitado por los vómitos, la fiebre, los dolores violentos que de vez en cuando sacudían su cuerpo exhausto. El 28 de septiembre, ya convencido de que su enfermedad no tenía remedio, don Juan nombró a su sobrino Alejandro Farnesio, gobernador general y comandante de las tropas para sustituirle en caso de muerte y en espera de la decisión de Felipe II. Durante casi dos días, don Juan cayó presa del delirio. Revisitó en sus quimeras enfermizas los campos de batalla en los que había luchado, escuchó bandas musicales fantásticas, atabales, trompetas y tambores, como si tocaran para él las orquestas del cielo. Recobró la conciencia y pudo recibir el sacramento de extremaunción, y oír misa antes de morir el 1 de octubre de 1578 a la una de la tarde. 

Durante los años siguientes circularon rumores a propósito de la muerte de don Juan. Guillermo de Orange -que ya preparaba los ataques de su Apologia-, siempre dispuesto a usar las armas de la calumnia, insinuó que el príncipe había muerto envenenado bajo orden de su hermano el rey. Otros, entre ellos el jesuita Antonio Ossorio, acusarían más tarde a Alejandro Farnesio, por celos, sin ninguna prueba y con muy poca verosimilitud, pues los dos príncipes eran amigos de verdad, habían sido condiscípulos en Alcalá, y habían luchado juntos en Lepanto. De admitir las tesis del envenenamiento, sería mucho más probable la implicación del mismo Guillermo de Orange, de la reina de Inglaterra o, sobre todo, de Antonio Pérez, el más interesado en la desaparición de don Juan, aunque a la postre la muerte del caudillo le golpeara a la manera de un bumerán.

Algunos, en fin, hablaron de una enfermedad venérea. 

La verdad podría ser más sencilla y conforme al diagnóstico realizado en nuestros tiempos por un médico inglés, Mac Laurin. Don Juan -que, por otra parte, padecía cruelmente almorranas, como su padre Carlos V- fue víctima de una epidemia de tabardillo exantemático, que también atacó a algunos capitanes suyos que acabarían sanando. Pero en el caso de don Juan, el proceso ambulante del tabardillo provocó una úlcera. Distintos testigos, entre ellos Alejandro Farnesio, notaron que don Juan, que sufría vómitos y disentería, había perdido rápidamente peso. Al reventar la úlcera, se produjo una peritonitis y el trauma fue causa de los delirios y de la pérdida de sentido. No olvidemos que don Juan había quemado sus fuerzas en excesos de distinta índole. Además, es muy probable que la situación política y militarmente angustiosa experimentada por él durante año y medio le produjera un estrés agravado por la noticia de la muerte de Escobedo. La relación manuscrita encontrada en la biblioteca del padre Flórez puntualizaba: «La enfermedad de Su Alteza fue de tabardillo o modorra, y una almorrana, que le cortaron, de que murió a primero de octubre del año pasado de 1578, después de diez y seis días de enfermedad.» 3

Al analizar la causa final de la muerte del príncipe, tal vez no se da la importancia que merece a la almorrana. Pero tenemos un testimonio escrito por Dionisio Daza Chacón que conocía perfectamente a don Juan, puesto que había sido su médico en la batalla de Lepanto. En la primera parte de su Práctica y teórica de cirugía, publicada en Valladolid en 1580, escribía a propósito del tratamiento de las hemorroides: «Este remedio de las sanguijuelas es muy mejor y más seguro que el rajarlas ni abrirlas con lanceta, porque de rajarlas algunas veces se vienen a hacer llagas muy corrosivas, y de abrirlas con lanceta lo más común es quedar con fístula y alguna vez es causa de repentina muerte; como acaeció al serenísimo don Juan de Austria, el cual, después de tantas victorias (.) vino a morir miserablemente a manos de médicos y cirujanos, porque consultaron y muy mal darle una lanceteada en una almorrana. Dieron la lanceteada y sucedióle luego un flujo de sangre tan bravo que con hacerle todos los remedios posibles dentro de cuatro horas dio el alma a su creador, cosa digna de llorar y de gran lástima. Si yo hubiera estado en su servicio, no se hiciera un yerro tan grande como se hizo.» 4

Néstor Luján arriesga la hipótesis de que no se puso énfasis en la causa real de la muerte por considerarla humillante. Tal vez. 

El funeral de Namur

La muerte y los funerales de don Juan dieron lugar a una escenografía casi surrealista, aunque sería más oportuno calificar los funerales sucesivos de don Juan (pues tenemos que usar el  plural) de ceremonias barrocas. Hay que tener en cuenta la gran popularidad del difunto entre los soldados, de modo que las distintas unidades del ejército reivindicaron el honor de llevar su cuerpo hasta la catedral de Namur donde se celebraba la misa de cuerpo presente: los españoles, porque don Juan era hermano de su rey; los alemanes, porque había nacido en Alemania; los flamencos, porque era su gobernador. Alejandro Farnesio tuvo que dar al conflicto una solución digna de la sabiduría de Salomón. Resolvió que hasta la salida del campamento el cadáver sería portado por los miembros del Consejo de Estado en persona, asistidos por los caballeros de la Casa del príncipe. Después, hasta Namur, por seis jefes de regimientos de cuerpos de las distintas nacionalidades, cuyos soldados elegidos participarían en la procesión encabezada por elementos del tercio de Lope de Figueroa, siendo el mismo Farnesio, vestido de luto, quien presidiría el ceremonial. 

El duelo estaba representado por las banderas negras del tercio de Lope de Figueroa, «las picas arrastrando y los atambores destemplados.» 5 Antes de llegar a la catedral la comitiva recorrió toda la ciudad de Namur; el funeral, con un rito lento y solemne, empezó a las diez de la mañana y se prolongó hasta el anochecer. 

El cuerpo de don Juan fue objeto de una preparación funeraria muy especial. En primer lugar, el cadáver fue embalsamado; luego se le puso un jubón de tela de holanda, con pasamanos de plata y oro, unas calzas blancas bordadas con hilos de plata y oro; se le puso la armadura y en la cabeza una corona hecha de tela de oro, adornada con piedras preciosas muy finas, como un recuerdo nostálgico de las coronas reales que nunca se ciñó; al lado, la espada y la celada del casco con penachos blancos; a las manos les pusieron guantes de ámbar negro. Arreglado de esta manera, el cuerpo de don Juan bajó a su sepultura. 6

Traslado a El Escorial: un ceremonial surrealista

Mejor dicho, a su primera sepultura. A los cinco meses, por orden de Su Majestad, se sacó el cuerpo y «púsose en palacio con gran silencio y secreto». Se trataba de trasladar los restos a España a través de Francia, gracias a una cédula firmada por «el Rey Cristianísimo». Felipe II había dispuesto que acompañaran al cuerpo de don Juan los criados suyos que así lo quisieran. De hecho, el séquito tras los restos mortales de don Juan incluyó a setenta personas encabezadas por el maestre de campo don Gabriel Niño de Zúñiga. Pero, entre el día de apertura de la sepultura de Namur y la salida rumbo a España se tardó un mes aproximadamente en preparativos de toda índole. Se desnudó y aromatizó de nuevo el cadáver; después se cortó el cuerpo en tres partes, «la una hasta el cabo de la espina, la segunda hasta las rodillas y lo demás en otra», para que el transporte resultara más fácil, pero de tal manera «que se juntase el cuerpo sin echarse de ver la division de él». Las tres partes se colocaron en bolsas puestas «en un baúl forrado de terciopelo azul encerrado por de fuera», que se podía sujetar a las ancas de un caballo. La expedición salió de Namur el 18 de marzo de 1579, guiada por un caballero de la corte del rey de Francia, y, pasando por París, llegó a Nantes donde se embarcó con destino a Santander. Una vez en el puerto cantábrico -el día de llegada fue el Miércoles Santo-, don Gabriel Niño de Zúñiga avisó a Su Majestad y recibió orden de caminar en igual manera hasta la abadía de Parraces (creemos que se trata de Pajares de Adaja, entre Arévalo y Villacastín), a cinco leguas de Segovia. En el aviso Gabriel Niño explicaba al rey en qué forma viajaba el cuerpo, cómo había sido aromatizado, cómo había conservado barba, bigote, cejas y pestañas; añadía sin embargo que el pico de la nariz resultaba «un poco gastado». 

El 21 de mayo estaba la comitiva en dicha abadía. Pero a partir de allí se produce un cambio drástico. En vez de una procesión dolorida, relativamente discreta, desprovista de banderas e insignias, aunque iban caminando setenta a ochenta personas, se organiza una marcha solemne, de aparato brillante, con la participación de personajes importantes y con la evidencia del patrocinio real. Están presentes en la comitiva Juan Gómez, alcalde de corte, asistido por cuatro alguaciles de corte, más doce capellanes del Rey, doce frailes del monasterio de El Escorial, con acompañamiento del cerero mayor. Se han juntado al séquito el obispo de Ávila, Sancho Busto de Villegas, el secretario de Su Majestad, Martín de Gaztelu, es decir, una de las primeras personas que, siendo testamentario del emperador, había sabido de la verdadera identidad de don Juan. Participaba también un miembro del Consejo de don Juan, Juan de Alzamora, así como «muchos caballeros y criados del Señor don Juan que estaban en España.»

Antes de emprender la marcha hasta San Lorenzo el Real, se celebró otra ceremonia dentro de la iglesia de la abadía. Sobre un túmulo mediano, cubierto con un paño de brocado y terciopelo carmesí, se había colocado un ataúd nuevo, forrado de terciopelo negro por dentro y por fuera.

En este ataúd estaba el cadáver recompuesto de don Juan pues, en presencia de todos los señores arriba mencionados, «se hizo demostración de todo el cuerpo» para comprobar que «no faltaba cosa del» y, así, acabar con los rumores que habían circulado en España después de la muerte de don Juan. El cuerpo, embalsamado por segunda vez en Namur, como ya dijimos, se había envuelto en delicados lienzos de holanda, con una manta de damasco blanco. Incluso se había hecho la cubierta del ataúd en dos pedazos, articulados con goznes y cerraduras doradas, para el caso de que se quisiese ver el rostro del príncipe o la otra parte del cuerpo. 

El ataúd llevaba encima una cruz de raso carmesí tachonada con clavazón dorado, la espada de don Juan por un lado de la cruz y por el otro, el collar del Toisón de Oro. Se hizo un velatorio y durante toda la noche estuvieron prendidas diez hachas. Luego, a la mañana del día siguiente, toda la compañía oyó misa. Al final de la misa, se sacó el ataúd cubierto del mismo paño y se puso en una litera, rodeada por los pajes del obispo que llevaban las hachas ardientes. Y así los restos mortales de don Juan emprendieron su último viaje, escoltados por una numerosa y selecta comitiva, todos a caballo, los legos por delante, la clerecía por detrás. Al llegar a San Lorenzo eran ya cuatrocientos los hombres a caballo. ¡La escolta se había multiplicado por seis!

Durante los dos días últimos del viaje (23 y 24 de mayo), la fúnebre cabalgata que almorzó el primer día en Villacastín e hizo noche en El Espinar siguió el mismo ritual en todos los pueblos que atravesó: salían de cada uno de los pueblos los clérigos que vivían en él tras un crucifijo para recibir el cuerpo y le acompañaban hasta la iglesia; don Gabriel Niño de Zúñiga y otros caballeros eran siempre los encargados de llevar el ataúd a hombros y lo ponían en un túmulo cubierto de paño negro dispuesto en la nave de la iglesia. Fuese mediodía o por la tarde se decía un responso; en El Espinar se dijeron además por la mañana varias misas rezadas y una misa mayor cantada, antes de un responso solemne. Y, cada vez, la clerecía y las cruces acompañaban a la comitiva hasta la salida del pueblo. 

Llegaron a San Lorenzo el Real el domingo 24 de mayo a las siete de la tarde. Los frailes del convento salieron en procesión a recibir al difunto encabezados por el padre vicario, fray Hernando de Torrecillas, por estar ausente el padre prior que asistía al capítulo general de la orden. Unos ilustres personajes se juntaron a don Gabriel Niño de Zúñiga para llevar a hombros el ataúd hasta el túmulo alzado en el patio grande del convento, junto a la capilla: don Juan de Tarsis, correo mayor de Su Majestad; don Pedro Zapata de Cárdenas, de la cámara de S.M.; don Gonzalo Saavedra; don Gerónimo Zapata; don Juan Enríquez; don García Bravo. El padre vicario salió vestido de capa, con dos padres vestidos de dalmáticas, y cuatro padres cantores, los cuales comenzaron el Subvenite Sancti Dei; y después los mismos caballeros tomaron otra vez el ataúd a hombros y se fueron en procesión a la iglesia donde lo pusieron en el sitial aderezado para tal efecto. Los frailes, el obispo y todos los caballeros se pusieron alrededor del túmulo y el vicario rezó una oración. Luego, los padres del convento subieron al coro para concelebrar una vigilia cantada. 

Al día siguiente, 25 de mayo, el señor obispo dijo por la mañana la misa mayor pontifical y sus cantores ocuparon el coro. Después de la misa, la congregación del convento bajó a la iglesia donde permanecía el cuerpo de don Juan: los cantores del obispo cantaron medio responso en canto de órgano, y los cantores del convento, otro medio responso en canto llano. 

El momento más solemne correspondió a la lectura, en público y en alta voz, por el secretario Martín de Gaztelu de la cédula de Felipe II que reproducimos a continuación:

«Venerable y devoto padre prior, vicario, frailes e convento del monasterio de Sant Lorenzo el Real. Porque habiendo fallecido como sabéis el ilustrísimo don Juan de Austria, mi muy caro e muy amado hermano, que sea en gloria, en los nuestros Estados de Flandes, y traídole de ellos al monasterio de Parraces don Gabriel Niño por mi orden, he mandado e acordado que le lleve a su cargo a ese monasterio, y que llegado a él y hecho el oficio os le entregue; os encargamos e mandamos le recibáis y pongáis en la iglesia de prestado del, en la bóveda que está debajo del altar mayor de ella, donde están los demás cuerpos Reales, para que esté allí en depósito con ellos hasta que se haya de enterrar é poner en la iglesia principal del, en la parte e lugar que Nos mandaremos señalar. De lo cual se hará por Martín de Gastellu, mi secretario, el acto de ello en la forma que conviene: que ansí es nuestra voluntad. Fecha en Aranjuez en 19 de mayo de 1579 años. Yo el Rey.» 

Después de leer la cédula, el secretario Gaztelu leyó también en voz alta la escritura de entrega y depósito. A continuación, una institución de prestigio al servicio de la Casa Real, los «monteros de Espinosa», se hicieron cargo del cuerpo de don Juan que pusieron en la bóveda que está debajo del altar mayor, conforme a la cédula, entre los demás restos de la familia real, y a la derecha de los restos del emperador, según el anhelo expresamente formulado por don Juan, con la anuencia de Felipe II. Eran las once del día. Y se fueron todos a comer. Durante la semana siguiente, cada día, algunos clérigos de la capilla real y una docena de frailes del monasterio de San Lorenzo le dijeron una vigilia cantada y la misa mayor cantada. Y en los dichos días «se abajaban al túmulo a decir sus responsos cantados como se suele hacer por las personas Reales.» 8

A don Juan de Austria, ocho meses después de su fallecimiento, se le rendían los honores y se le daba el tratamiento reservado a los miembros de la familia real, conforme a las aspiraciones de toda su vida desde el día en que se le reveló el secreto de su nacimiento. Es decir, que se le concedía de muerto lo que se le había negado de vivo. 

Interpretación

¿Cómo podemos explicar el largo plazo (cinco meses) entre el entierro en Namur y la decisión de Felipe II de trasladar los restos mortales de don Juan para darle una sepultura real y, sobre todo, la publicidad tan expresiva dada al viaje final, desde la abadía de Parraces a San Lorenzo, con escolta oficial y sello real, que evidentemente tuvo gran impacto en todos los lugares del recorrido? El estilo y el aparato del viaje, la ceremonia celebrada en el real monasterio, la lectura de la cédula de Felipe II y la colocación del cuerpo de don Juan al lado del de Carlos Vaparecen como una entronización, una admisión proclamada en el seno de la familia real.

En mi opinión, la clave la encontraremos en un examen atento de la cronología de los acontecimientos ocurridos entre octubre de1578 y marzo de 1579. Es muy posible que Felipe II haya recibido la noticia de la muerte de su hermano con alivio: en estos momentos el rey se fiaba de Antonio Pérez y, al contrario, no se fiaba de don Juan, sospechando que su ambición, su ansia de una corona, le pudieran llevar a una traición. Por eso había dado su aprobación, tácita o explícita, al asesinato de Escobedo, peligroso tentador de don Juan, según insinuaba Pérez.

Pero, después de la muerte de Escobedo, aún más, después de la de don Juan, aparece la figura del justiciero: es otro secretario del rey, Mateo Vázquez de Leca, cuya autoridad va creciendo, hombre trabajador que se ha hecho muy útil para el rey y que ha se ha dado cuenta de las mentiras y la perversidad de la «pareja infernal», esto es, Antonio Pérez y su posible querida, Ana de Mendoza, princesa de Éboli. 

Al principio, Vázquez de Leca aconseja al hijo y a la viuda de Escobedo que pidan justicia al rey e intenta despertar las sospechas del monarca sobre Antonio Pérez, pero sin éxito. El juego de Vázquez de Leca es arriesgado: la princesa de Éboli pide al rey el castigo de su secretario; el presidente del Consejo de Castilla no quiere dar crédito a las acusaciones de Vázquez. Pero Felipe II empieza a dudar. 

A principios de la primavera, mientras los restos mortales de don Juan recorren lentamente los páramos de León y de Castilla, el archivo de don Juan llega de Flandes y el rey puede examinar detenidamente los papeles de su hermano. Mateo Vázquez gana su reto. Ha sugerido al rey los posibles amores clandestinos de Pérez y de la princesa de Éboli y, cosa de mucha más trascendencia, los cambios que Antonio Pérez introducía en las cartas dirigidas desde España a don Juan y en la correspondencia enviada por don Juan al rey, para que el vencedor de Lepanto apareciera como un caudillo inquieto, siempre insatisfecho, dispuesto a cualquier imprudencia, quizá a la traición. 

El corpus documental quedará incompleto para siempre. Geoffrey Parker recordaba que, en 1576 y aún en 1579, Antonio Pérez había quemado buena parte de las cartas que había remitido a don Juan y recibido de éste; intentó también que el príncipe, por su parte, hiciera lo mismo. Además,

«muchas de las pruebas cruciales nunca constaron por escrito» y Parker cita esta nota de Felipe II a Pérez: «A Escobedo temo en esto, pero a su tiempo hablaremos en ello, que es más para de palabra que para escrito.»

Sin embargo, con los papeles de Flandes (los que se han conservado), Mateo Vázquez, que supo ganar la amistad del confesor del rey, Diego de Chaves, puede demostrar ahora la verdad de sus acusaciones. A fines de marzo, Felipe II, que había empezado a sospechar alguna maniobra de Antonio Pérez después de la recepción de Alonso de Sotomayor, enviado por don Juan, está convencido ya de la lealtad de su hermano y entiende que Pérez le ha engañado. El proceso publicado en 1922 por el padre Zarco no deja lugar a dudas. Gregorio Marañón cita acertadamente esta acusación tajante del sumario: «Antonio Pérez (.) descifrando cartas del dicho don Juan de Austria y del dicho Escobedo que venían para Su Majestad, puso y quitó muchas y diversas cosas sustanciales de ellas... habiéndolas descifrado falsamente...» 10 Ya veremos luego el porqué de las falsificaciones. En ese momento Felipe II ha resuelto ya detener y perseguir judicialmente a Pérez, pero el secretario sabe muchas cosas y hay que proceder con prudencia. 

Por otra parte, el rey necesita a su lado a un consejero de gran experiencia política y por este motivo llama al cardenal Granvela que está en Roma, casi de vacaciones. La carta dirigida a Granvela, fechada del 30 de marzo de 1579, está refrendada por el mismo Antonio Pérez: éste se intranquiliza, adivina la amenaza, pero Felipe II, deseoso de ganar tiempo, le asegura, muy zalamero, que no tiene motivo de ansiedad. Pérez puede pensar, es cierto, que el rey, más o menos cómplice de la muerte de Escobedo, no se atreverá a proceder contra él. Sin embargo, el mismo día de la llegada de Granvela a Madrid, el 28 de julio de 1579, Antonio Pérez es detenido en su mismo despacho.