LA CORREDERA - RAFAEL RIVERO ORTIZ

 LA CORREDERA

“Siempre a mis padres”

Como todos sabemos, y así se cree por lo menos, que el nombre de esta Plaza deriva de la tradición de jugar cañas, correr caballos, alancear toros desde los ya lejanos tiempos de Felipe II. Aún por las noches de brisa se percibe el humo de las teas, que se iluminaban en las noches de baile. Ha sido, es, el corazón y el latir de la vida de este pueblo. Para nosotros, niños, fue el lugar de reunión que luego cambiamos y desertamos, ya jóvenes, hacia nuestro asentamiento definitivo en Variantes, tras mantener un flirteo con la Mahou. 

Es probable que los castaños y los plátanos de hojas plagadas de nervios que rodean la Plaza contemplen absortos las últimas modificaciones arquitectónicas de su estructura de piso liso, suprimiendo sus tradicionales escalones. En ellos pasábamos eternas tardes de verano, tras comprar pipas Facundo en la Marina, y devorarlas con ademanes de autómata.

Hoy ocupa el centro de la plaza el quiosco de música diseñado por Santiago Jalvo Ruiz (aparejador de la iglesia de Los Sagrados Corazones de Madrid) en 1954. Es de planta octogonal, con ocho columnas de hierro, y una cubierta rematada en adorno sin veleta, más una escultura conmemorativa de 1990 dedicada a la Banda del pueblo. Las tardes de verano en el templete se llenaban de niños traviesos, que jugaban a “tula” o a los “piratas del Caribe”. En su día tocaba con más asiduidad o por lo menos, a mí así me lo parecía, la banda municipal con su tradicional repertorio, dirigida por Don José, y terminando con la Respingona, que bailábamos todos con más o menos gracia (yo con menos) alrededor de la plaza. Sin duda, lo que más nos llamaba la atención era una voz moderna - algo yeyé – que salía del pickup que se hallaba dentro del cuarto interior del quiosco, y que hacía que para nosotros los Mamas and the Papas fueran más famosos incluso que Palito Ortega y que Fórmula V.

La Corredera en los años 50

Tardes largas de verano, de algodón, muy felices. El mundo cruel estaba fuera de La Corredera. En el frente de la Plaza estaba un edificio que fue hostal, denominado La Típica; caserón de piedra y madera donde daban bailes con disco de pizarra en gramola de mano. Tenía una docena de habitaciones, y mis abuelos pasaban allí quince días. Tras las cristaleras, los niños desde el “Mesón el Abuelo” · divisábamos a los comensales a la hora de la cena, entre un desfile de camareros.  Me parece que, en La Corredera, antes se ubicaba un cuartel de la Guardia Civil, justo donde ahora se alza el Hogar del Pensionista; junto a él, existía una taberna muy concurrida, denominada Las Parrillas, donde eran muy populares la sidra en porrón y las anchoas con aceitunas. Pero yo debo evocar el bar Sermari, que estaba en el lugar donde hoy hay un colmado regentado por orientales   , y que fue lugar donde nos adiestrábamos en el difícil arte de los clippers , y –sobre todo- añoro son sin igual billares de Tomasín, envidiados hasta en Las Vegas. 

La Plaza está rodeada de bancos de piedra siempre ocupados, y las farolas alfonsinas de un solo brazo llevan el relieve del nombre de El Espinar en su parte inferior.

Es probable que La Corredera antes descrita no se corresponda a completa realidad, y sea fruto de mi imaginación; y puede que mi percepción esté ya maltrecha al contemplar desde El Mirador que en este pueblo no se divisen espadañas románicas, sino grúas esbeltas elevándose hasta el infinito, diseñadoras de nuevas metrópolis con ínfulas de Alcorcón. 

RAFAEL RIVERO ORTIZ

Publicado en el programa de Fiestas de El Espinar año 2008